miércoles, 28 de mayo de 2014

2° ESM San Damián y el crucifijo que le habló y el honor en que la tuvo

Ya cambiado perfectamente en su corazón, a punto de cambiar también en su cuerpo, anda un día cerca de la iglesia de San Damián, que estaba casi derruida y abandonada de todos Entra en ella, guiándole el Espíritu, a orar, se postra suplicante y devoto ante el crucifijo, y, visitado con toques no acostumbrados en el alma, se reconoce luego distinto de cuando había entrado. Y en este trance, la imagen de Cristo crucificado - cosa nunca oída -, desplegando los labios, habla desde el cuadro a Francisco. Llamándolo por su nombre: "Francisco - le dice -, vete, repara mi casa, que, como ves, se viene del todo al suelo". Presa de temblor, Francisco se pasma y como que pierde el sentido por lo que ha oído. Se apronta a obedecer, se reconcentra todo él en la orden recibida. Pelo... nos es mejor callar, pues experimentó tan inefable cambio, que ni él mismo ha acertado a describirlo. Desde entonces se le clava en el alma santa la compasión por el Crucificado, y, como puede creerse piadosamente, se le imprimen profundamente en corazón, bien que no todavía en la carne, las venerandas llagas de la pasión. ¡Cosa admirable e inaudita en nuestros tiempos! ¿Cómo no asombrarse ante esto? ¿Quién ha pensado algo semejante? ¿Quién duda de que Francisco, al volver a la ciudad, apareciera crucificado, si aun antes de haber abandonado del todo el mundo en lo exterior, Cristo le habla desde el leño de la cruz con milagro nuevo, nunca oído? Desde aquella hora desfalleció su alma al oír hablar del amado. Poco más tarde, el amor del corazón se puso de manifiesto en las llagas del cuerpo. Por eso, no puede contener en adelante el llanto; gime lastimeramente la pasión de Cristo, llena de lamentos los caminos, no admite consuelo. Se encuentra con un amigo íntimo, que, al conocer la causa del dolor de Francisco, luego rompe a llorar también él amargamente. Pero no descuida por olvido la santa imagen misma, ni deja, negligente, de cumplir el mandato recibido de ella. Da, desde luego, a cierto sacerdote una suma de dinero con que comprar lámpara y aceite para que ni por instante falte a la imagen sagrada el honor merecido de la luz. Después, ni corto ni perezoso, se apresura en poner en práctica lo demás, trabajando incansablemente en reparar la iglesia que había adquirido Cristo con su sangre, Francisco, que de pasar poco a poco de la carne al espíritu, no quiso verse de golpe encumbrado.

Sumo, glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón, y dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta, humildad profunda, sentido y conocimiento, Señor, para cumplir tu santo y veraz  mandamiento.

1. La presencia de Francisco en San Damián, responde a una exigencia dentro de su proceso vocacional:

  1. ¿Cuál era la gran preocupación de Francisco cuando llega a San Damián
  2. ¿Cuándo Francisco Recitó la Oración al Crucifijo de san Damián?
  3. A qué tiempo se remota la Oración al Crucifijo de san Damián?
  4. ¿Has sentido tú también dicha exigencia?
  5. ¿Cómo se ha manifestado?

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